Marcel Schwob, inspirador de inspiradores
8 junio, 2017 ARTÍCULOS No responses

Schwob vivió sólo 37 años, y le bastaron para inspirar a Borges, Faulkner e incluso puede que hasta se inspiraran en él para crear Piratas del Caribe.
Precisamente llegué hasta este autor francés de finales del siglo XIX gracias a Borges: más de una vez he encontrado al maestro argentino de las letras recomendar a Marcel Schwob, y habiendo poco que discutirle al titánico Borges sobre letras, me puse a visitar al francés de sus halagos.

Schwob llegó a publicar varios conjuntos de relatos cortos antes de que una gripe acabara con su frágil salud en 1905. Me he sorprendido fascinado leyendo algunas de sus historias, y aunque tengo cada uno de sus libros empezados, centraré mi entusiasmo en la que fue su primera obra, la única que ya he coronado: Corazón doble. (Sí, lo sé, me dejo sus obras mas aclamadas, como Vidas imaginarias, pero prometo volver a él en un futuro y traerlo aquí, aunque sea arrastras)

Marcel Schwob escribe Corazón doble con 23 años, y en su prólogo ―después de haber superado la típica introducción que algún estudioso perpetra siempre antes de abordar a un clásico y que suele matarme a impaciencia― demuestra una sapiencia impropia de su edad. Os dejo un par de extractos:

Así se alcanza el objetivo de este libro (Corazón doble), que es llevar, por el camino del corazón y por el camino de la historia, del terror a la piedad, mostrar que los acontecimientos del mundo exterior pueden ser paralelos a las emociones del mundo interior, hacer presentir que en un segundo de vida intensa revivimos virtual y actualmente el universo.

La vida no está en lo general, sino en lo particular; el arte consiste en dar a lo particular la ilusión de lo general

Hablemos de sus relatos:

Corazón doble. Portada. Editorial Alianza

Merece una mención especial el relato de Los tres aduaneros: Aquí nos cuenta la historia de tres marineros que trabajan como aduaneros, vigilando las costas francesas. Una noche llega hasta su cala un misterioso velero que transporta una extraña mercancía. Los aduaneros se lanzan sobre ellos para sorprenderlos, pero misteriosamente la carga ya no está allí y el barco eleva anclas para perderse en la distancia. Sólo les queda una opción: armar un bote y perseguirles sin descanso, aún a pesar de la tormenta que se les viene encima. Hasta aquí puedo leer, pero es que daría igual que os contara el final, porque, lo que a menudo impera en Schwob es el cómo se cuentan sus historias. Es en este relato, y os daréis cuenta si os aventuráis a leerlo, con el que estaba convencido que se podrían haber inspirado los guionistas de Piratas del caribe: No sólo literalmente inspirados (pues hay ciertas similitudes con la narración), también en el alma del relato, se me antoja que la saga de películas parece una adaptación desenfadada de los tres aduaneros (A uno le cuesta poco imaginar a Jack Sparrow tomándole el pelo a estos guardias nocturnos, sentado a horcajadas sobre la proa de La Perla).

Pero el barco se les escapaba poco a poco, como un ave de presa, sin batir las alas. El castillo de popa cargaba a menudo sobre ellos. El timonel, en la caña, miraba fijamente la cubierta. Unas figuras huesudas, como esqueletos, de ojos sumidos, se asomaban por toda la borda, con largos gorros de lana. En la cabina iluminada por un rojo poco claro , se oía jurar y el tintineo del dinero. (Extracto de Los tres aduaneros. Corazón doble).

El zueco, otro de sus relatos, es también maravilloso: Una niña pasea por un bosque hasta encontrarse con el diablo. Éste le hace ver a la niña, en un santiamén, toda la vida que le queda por delante, luego, le ofrece que elija entre vivir la vida que ha visto o acompañarle. Os quedaréis helados con su final. Y, hablando de finales, Schwob culmina sus relatos con finales inesperados, pues no son al estilo al que nos tiene acostumbrados nuestro siglo: a golpe de «cliffhangers«; sino que a veces culmina con un mazazo a la propia moraleja que él mismo ha ido construyendo durante la narración, como ocurre mismamente en La vendedora de ámbar, en la segunda parte del libro, La leyenda de los mendigos.

Schwob nos regala también algunos relatos que parecen escritos con la pluma de alguno de los expertos en narrativa breve de ciencia ficción de nuestro tiempo: Ted Chiamg, salvando las distancias en el registro, podría haber escrito El tren 081 o Los sin cara. Dos relatos que seguro sembraron la inquietud en algún que otro coetáneo cuando fueron publicados.

Me es fácil imaginar que alguien tan joven escribiera con ese carácter sarcástico e irónico, pero me es difícil situar este carácter explícito en el momento histórico al que pertenece: En relatos como Espiritismo o El hombre gordo, se burla a viva voz de los estafadores que se dedicaban a conversar con los entes del más allá y aquellos que prometían métodos milagrosos a afecciones inexistentes, respectivamente. También su humor es desbordante en Sobre dientes, donde, después de ser torturado por un dentista sacacuartos y matasanos, el protagonista, buscando golpearle la dentadura al otro como venganza, descubre que es postiza y deduce porque siempre le faltan dientes a los dentistas y pelo a los peluqueros: para evitar la venganza de sus víctimas y clientes.

Ahora comprendo por qué los peluqueros son calvos, por qué los barberos son siempre lampiños, y por qué los músicos que han infligido a nuestros oídos las torturas más refinadas gozan de una sordera de presos. Atribuyo a un cáculo infernal lo que me parecía ser una sabia previsión de la naturaleza. Son así para que los clientes no puedan vengarse. (Extracto Sobre dientes. Corazón doble)

¡Hay que rescatar a Schwob!

El autor narra con un uso magistral del argot del universo donde quiera que se desarrolle su relato, hace una lectura sencilla con un uso profundo y complejo de la literatura; sus relatos se mecen desbordados de calidad literaria, pero son leídos con la facilidad de un cuento juvenil. ¡Hay que rescatar a Schwob!, despojarlo del anonimato en los ojos de quienes lo sea, hacerlo imprescindible porque, después de leerlo, es en lo que se convierte, lo que siempre debió ser: imprescindible.

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Psicopedagogo venido a más que decide dedicarse a las letras. Leo y escribo para crear misterios sobre aquello que prefiero no desvelar. Lo importante no merece pregunta, merece muchas respuestas. Hola.

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